Guerra Justa

In: Ciencias Politicas|Politica Internacional

28 Dec

09

La violencia entre seres humanos ha existido desde tiempos prehistóricos  y siempre se ha discutido lo bueno y lo malo de ello. Todas las civilizaciones han intentado ponerle límites, hacer que normas consuetudinarias o de inspiración religiosa, minimicen sus efectos negativos. Pero siempre ha estado presente, tanto en las relaciones humanas como en las relaciones entre grupos o comunidades políticas. La “guerra” es esencial y central en la historia de la humanidad y específicamente en la historia del cambio y el progreso social.

Por eso siempre se la ha justificado, y no resulta extraño que desde la antigüedad, en el plano teórico al menos, hayan surgido expresiones acerca de la existencia de guerras justas y guerras injustas. Identificar qué distingue unas de otras, ha sido del interés de teólogos y juristas, políticos, estrategas militares, historiadores… interés que se ha reflejado en posturas ante la guerra, que van desde el pacifista que aborrece y rechaza la guerra hasta el que la defiende y la patrocina.

La teoría de Guerra Justa tiene la aspiración de presentar elementos concretos y útiles para distinguir entre las guerras moralmente permisibles y las que no.  Esta teoría parte de dos premisas: primero, que la guerra es una actividad humana y segundo, que es inevitable; razones por las cuales es imperativo aceptarla bajo ciertas condiciones.

Obviamente esta distinción dependerá sustancialmente de quién sea la entidad que razone tal calificación. De manera natural tendemos a justificar nuestra propia acción, y juzgar la conducta de otros. Sólo podemos pensar que una guerra puede ser justa, si quienes estamos de acuerdo con este criterio, compartimos principios de moral común: se dirime la discusión acerca de lo justo y lo injusto porque todos nos encontramos en el lado donde nos gobiernan las mismas ideas y principios. Si tales principios o normas son aplicados a algunos y no al universo de participantes, se restringe la base de una teoría seria sobre Guerra Justa.

Y de hecho es así, las controversias sobre lo justo y lo injusto son profundas e ilimitadas.

Bajo el enfoque del derecho natural es decir, bajo la idea de que existe una ordenación jurídica y moral, natural y universalmente aceptable por todos los seres humanos, no debería existir polémica alguna acerca de la “justicia”. Según el derecho natural, existe una capacidad en la conciencia humana, que habilita al hombre a traspasar incluso los límites de la ley, para estimar los hechos justos. Por ejemplo, cuando un pueblo se encuentra sometido a una tiranía u oprimido por una legislación positiva rigurosa, el espíritu reacciona contra esos estados anormales, y busca nuevas reglas que aseguren mayor bienestar. [1] Sin embargo el derecho natural no esta realizado (sólo procura establecer cómo debe ser el derecho, señala un ideal, es una aspiración de mejoramiento)[2] y la historia nos demuestra que existen tantas interpretaciones de justicia como épocas y civilizaciones, e igualmente, tantos patrones de pensamiento sobre Guerra Justa como conflictos.

Es por ello que no existe una teoría monolítica sobre guerra justa, una teoría universal y atemporal,  mas bien ésta parece construirse con diversas perspectivas y opiniones sobre la ética en la guerra y en la paz según los tiempos, las circunstancias y los decisores. Así, la teoría de guerra justa no puede involucrar verdades absolutas o eternas sino elementos que están sujetos a permanente evolución y transformación.

Modernamente, a la tradición de Guerra Justa se la entiende como una doctrina moral que a veces se solapa con la doctrina legal y que permite identificar cuándo el uso de la fuerza es moralmente aceptable (jus ad bellum: la justicia de la guerra) y cómo debe ser su utilización (jus in bellum: la justicia en la guerra). De hecho quienes la defienden señalan que la teoría permite restringir y limitar el uso de las armas para hacerlas mas humanas y tendría por finalidad última establecer paz y justicia duradera.

Ahora bien, esas dos interpretaciones de la teoría de guerra justa, (jus ad bellum y jus in bellum) son lógicamente independientes, es posible que una guerra justa se desarrolle injustamente y que una guerra injusta se desarrolle observando estrictamente las reglas de la guerra. La teoría es compleja debido a que esta compuesta por dos paradojas: si bien las guerras de agresión están prohibidas, su actividad esta regulada; y si bien es correcto resistir y defenderse de la agresión, esa resistencia es objeto de un juicio moral y legal.

Veamos cómo surge la teoría de la guerra justa, quiénes la han impulsado y cómo ha evolucionado a lo largo de la historia.

Creación de una doctrina

Al hurgar en los contenidos filosóficos y éticos de la teoría de “guerra justa”, encontramos que el origen de la doctrina podría remontarse tanto a  valores greco-romanos como al cristianismo medieval. Los principales teóricos que desarrollan un código e intentan asociar la agresión a criterios de justicia filosófica, religiosa y política, son los teólogos San Agustín y Santo Tomas, que en tiempos de peligro y grandes retos para la religión cristiana creyeron que la guerra contra los enemigos podía y debía justificarse. El primer trabajo dedicado específicamente a la “guerra justa” (de bellis justis) se le atribuye a Stanislaw de Skarbimierz, y más adelante Francisco de Vitoria, Nicolás Maquiavelo y Tomas Hobbes realizarían importantes contribuciones. Al examinar estas  primeras fuentes que dan forma a la política y a la moral occidental, dedicaremos especial atención a los trabajos de Hugo Groscio y Emmerich Vattel, que tomaron todo el material sobre guerra justa existente para el siglo XVII y lo trabajaron de manera secular.

Más recientemente, para visualizar la evolución de la teoría, nos apoyaremos en los trabajos de Hannah Arendt, y Howard Zinn por un lado, con una posición liberal y pacifista, y por otro, en los trabajos de Michael Walzer que tiene una posición moderada dedicada sobre todo a justificar las intervenciones humanitarias de hoy. Sólo a manera de reflexión, presentaremos algunas polémicas ideas de Carl Schmitt con una visión rigurosa y realista sobre la guerra y la justicia.

Los nombres antes citados no excluyen a muchos otros que también han hecho importantes contribuciones al estudio de la guerra y su relación con valores como la moral y la justicia. Este ensayo no aspira a citarlos a todos, sino a presentar algunas ideas sobresalientes que consideramos esenciales para informar el origen de la doctrina y para razonar la forma en que ha sido aplicada en tiempos modernos. Nuestro principal interés gira en torno a lo que modernamente forma parte del jus ad bellum (los aspectos que hacen “justa” a la guerra), particularmente las ideas sobre agresión y autodefensa. Todo lo relacionado con jus in bellum y el jus post bellum, es decir, el derecho internacional humanitario, los derechos humanos y el derecho de guerra, desviaría el propósito de esta investigación.

Sobre la justicia…y la guerra en la antigüedad:

Casi mil años A.C., el rey Salomón decía que la justicia era la “opción correcta” que se alcanzaba con sabiduría. El trató de discernir y resolver un conflicto siempre tendiendo a propugnar lo bueno y condenar lo malo, desde la razón. El famoso Salmo 72, compuesto por Salomón, tiene a la persona del rey como su centro de atención y en el se le pide a Dios que le conceda al monarca la capacidad de juzgar con justicia, según los designios divinos. La misión del rey consistía básicamente en administrar justicia, y en defender al pueblo de las agresiones externas y de las injusticias dentro del país. Las decisiones del rey respecto de la guerra, eran inapelables y legítimas en tanto era el rey el que determinaba lo que era bueno y justo para su pueblo.

No parece existir en ese momento ninguna dificultad para distinguir lo bueno de lo malo. Todo lo que decidía el rey era bueno, y nadie lo objetaba.

En esa misma línea, pero con el peso de la visión militar y estratégica, en el año 430 A.C. el historiador y militar ateniense Tucidides, señaló en su obra “Las guerras del Peloponeso” que la justicia no existe, que la justicia es un concepto abstracto. Para Tucidides, el más fuerte siempre ha impuesto su voluntad… de existir la justicia, seria entre iguales y no entre fuertes y débiles. Tenia como máxima que “los poderosos hacen lo que pueden, en tanto los débiles sufren lo que deben”…

Sólo cuando se percibe la guerra como un fenómeno malo y perverso no sólo ética sino también espiritualmente, es que comienzan a aparecen algunas interpretaciones que relacionan la guerra con la justicia. Sobre todo cuando se considera la guerra una tragedia inevitable, que ha de regularse para evitar males mayores.

Esto explica porque Tucidides y toda la Antigüedad clásica no efectuaron juicios de valor para catalogar a la guerra. En la antigua Grecia prevalecía fundamentalmente el concepto de supremacía que legitimaba las intervenciones contra los bárbaros inferiores. Igualmente, durante el Imperio de Roma y durante muchos años en la Edad Media, esta visión sirvió de soporte legitimador para las conquistas imperiales y coloniales. Cuando hay supremacía, especialmente cultural, las invasiones y guerras no pueden ser tratadas de justas o injustas por consideraciones morales, son por el bien del pueblo vencido. Esta forma de entender la justicia de la agresión, de la guerra, será desplazada por el cristianismo medieval, pero volverá en el siglo XIX para quedarse. Modernamente el clímax de este enfoque es el postulado por Carl Schmitt con su acerba postura acerca del “enemigo”.

Pero volvamos a Roma y Grecia, para buscar algunos elementos que inspiraron mucho mas adelante a San Agustín y a Santo Tomas de Aquino. Cicerón por ejemplo, rescató de los griegos, Platón (427-347 AC) y Aristóteles (384-322 AC) ideas absolutamente diferentes a las de Tucidides. Especialmente la idea de que una guerra para ser justa sólo puede librarse bajo ciertas condiciones, las cuales son: defensa propia y restablecimiento de la paz. Según Platón, la justicia es entendida como armonía social; el hombre puede reconocer lo que es justo y acceder a la idea de la justicia por reflexión, experiencia y razón. El individuo justo es aquel que usa su razón según la verdad, que tiene fortaleza y valentía y que actúa con moderación. Un Estado puede ser justo cuando está dirigido por personas sabias, porque la justicia se percibe con el entendimiento y no con los sentidos. Para Aristóteles la justicia consiste en dar a cada uno lo que es debido, lo que le corresponde a cada ciudadano tiene que estar en proporción con su contribución a la sociedad, sus necesidades y sus méritos personales. La justicia universal coincide con la virtud y es casi equivalente a la obediencia de la ley.

Pero, en la antigua Roma, diría Tito Livio (59 AC-17 DC): “La guerra que es necesaria, es justa, y benditas sean las armas cuando no hay esperanza sin ellas”.

“Guerra Justa” y Religión (particularmente la católica)

La Iglesia Católica tiene una teoría específica de guerra justa, explicada como el derecho moral a la auto-defensa, y basada en el principio e inclinación natural a la auto-preservación que se desarrolló ampliamente durante la Edad Media. En los documentos del Vaticano recientemente hechos públicos, la Iglesia explica con un alto grado de detalle, su doctrina de guerra justa. Eso lo trataremos mas adelante.

Sin embargo, Jesús vetó la práctica de la violencia en todas sus formas, incluso era inaceptable la violencia para defensa personal. Famosa es la frase expuesta en la montaña en la que Jesús dijo: “Amen a sus enemigos, hagan el bien a los que los odian, bendigan a los que los maldicen, rueguen por los que los maltratan. Al que te golpea en una mejilla, preséntale la otra. Al que te arrebata el manto, entrégale también el vestido. Da al que te pida, y al que te quita lo tuyo, no se lo reclames. Traten a los demás como quieres que ellos les traten a ustedes. Amen a sus enemigos, hagan el bien y presten sin esperar algo en  cambio”.[3] “Amen a sus enemigos y recen por sus perseguidores. Así serán hijos de su Padre que esta en los cielos. El hace brillar el sol sobre malos y buenos, y caer la lluvia sobre justos y pecadores”. [4] Los apóstoles también recogen esas ideas en máximas como la de San Pablo al afirmar que el mal sólo puede ser vencido por el bien.

Durante los tres primeros siglos del cristianismo esta conducta de condena de la guerra se expresó en tres vías – la teológica, la canónica y la martirial – de manera clara e innegable. Todos los teólogos hasta inicios del siglo IV no sólo condenaron la guerra sino que manifestaron que ningún cristiano podía servir en el ejército ni siquiera en tiempos de paz.

Pero a partir del siglo IV, la postura cristiana comenzaría a mutar debido a la amenaza que constituían los bárbaros y el mundo pagano para la religión cristiana. Los teólogos San Agustín y Santo Tomas comenzarán a dar un giro importantísimo a la tradición cristiana, al tratar de conciliarla con la necesidad de defenderse.

San Agustín (354-430) admitía el pacifismo privado (todos debemos perdonar a los que nos ofenden y orar por nuestros enemigos), pero así como hablaba de la miseria de la guerra, también indicaba que el imperio no podía incorporar el punto de vista pacifista como política pública y que su defensa era lícita. Aún más, los cristianos debían contribuir a ella como buenos ciudadanos. [5] San Agustín habló de la injusticia como causa de las guerras. La injusticia del enemigo es la causa que el sabio declare guerras justas. El objetivo de la guerra es la paz, porque no hay nadie que no quiera tener paz. La paz de los pecadores no merece el nombre de paz. Puede haber cierta paz sin guerra, pero no guerra que no aspire a concluir con la paz. En realidad, como supo señalar Steven Runciman, “detrás de muchas de las maniobras bizantinas tan sólo se hallaba un deseo de salvaguardar la paz y evitar llegar a una conducta tan necesaria pero, a la vez, tan anticristiana como era la guerra”. [6]

San Agustín hace una teología de la guerra justa, es decir, la guerra es aceptable bajo ciertas condiciones. En primer lugar la guerra debe producirse sólo si existe un propósito bueno y justo, y no como expresión de exceso de poder o ambición personal; segundo, solo puede ser ejecutada por una autoridad instituida como el Estado; y tercero, el motivo principal que promueve la violencia debe ser la obtención de la paz. San Agustín desarrolla la idea de la verdadera justicia no estrictamente tomada como tal sino como la posibilidad del amor de unos a otros y de la concordia de los intereses comunes de un pueblo que busca su fin temporal y que practica la justicia de manera imperfecta.

A partir del siglo VII en adelante el expansionismo del Islam fue interpretado por muchos cristianos como una amenaza para occidente y su religión oficial. Gracias a la Escolástica (el derecho natural es una emanación de la divinidad), se articuló una doctrina más elaborada de la guerra justa, que giraba, fundamentalmente, sobre tres ejes. El de la  legitimidad de la defensa propia, el de la mesura en la respuesta, y que la respuesta bélica cuente con posibilidades de éxito. Tal y como lo expresaba Santo Tomás de Aquino (1225-1274): la religión es la virtud superior a todas las demás virtudes, ya que se relaciona íntimamente con Dios. Por lo tanto la justicia depende de Él y de la relación del hombre con Dios.

“La acción de defenderse puede entrañar un doble efecto: el uno es la conservación de la propia vida; el otro, la muerte del agresor… solamente es querido el uno; el otro, no. El amor a sí mismo constituye un principio fundamental de la moralidad. Es, por tanto, legítimo hacer respetar el propio derecho a la vida. El que defiende su vida no es culpable de homicidio, incluso cuando se ve obligado a asestar a su agresor un golpe mortal: Si para defenderse se ejerce una violencia mayor que la necesaria, se trataría de una acción ilícita. Pero si se rechaza la violencia en forma mesurada, la acción sería lícita… y no es necesario para la salvación que se omita este acto de protección mesurada a fin de evitar matar al otro, pues es mayor la obligación que se tiene de velar por la propia vida que por la de otro”.[7]

Santo Tomas desarrolló la idea de la legítima defensa de las personas y las sociedades pero indicó que la misma no es una excepción a la prohibición de la muerte del inocente que constituye el homicidio voluntario. También se dedicó al desarrollo del ius post bellum al señalar que se ha de tratar al vencido con temperancia, compasión y caridad. Con relación al tercer eje, el de las posibilidades ciertas de éxito, se ha escrito mucho. Una guerra que no tuviera indicios de poder concluir en triunfo resultaba inmoral en la medida en que implicaba un derramamiento de sangre – propio y ajeno – inútil.

En el documento “Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica” publicado en el año 2005 y disponible en los archivos del Vaticano desde 1993, se desarrollan algunas ideas sobre la guerra y la legítima defensa que valen la pena examinar:

Los parágrafos 2307 y 2308 son dedicados al quinto mandamiento, el cual condena la destrucción voluntaria de la vida humana pero la exime solo bajo circunstancia de legitima defensa.

“A causa de los males y de las injusticias que ocasiona toda guerra, la Iglesia insta constantemente a todos a orar y actuar para que la Bondad divina nos libre de la antigua servidumbre de la Guerra. Todo ciudadano y todo gobernante están obligados a empeñarse en evitar las guerras. Sin embargo, ‘mientras exista el riesgo de guerra y falte una autoridad internacional competente y provista de la fuerza correspondiente, una vez agotados todos los medios de acuerdo pacífico, no se podrá negar a los gobiernos el derecho a la legítima defensa”. [8]

Sobre “legitima defensa”, el parágrafo 2309 del documento señala:

“Se han de considerar con rigor las condiciones estrictas de una legítima defensa mediante la fuerza militar. La gravedad de semejante decisión somete a ésta a condiciones rigurosas de legitimidad moral. Es preciso a la vez: 1/ Que el daño causado por el agresor a la nación o a la comunidad de las naciones sea duradero, grave y cierto. 2/  Que todos los demás medios para poner fin a la agresión hayan resultado impracticables o ineficaces. 3/ Que se reúnan las condiciones serias de éxito. Y 4/ Que el empleo de las armas no entrañe males y desórdenes más graves que el mal que se pretende eliminar. El poder de los medios modernos de destrucción obliga a una prudencia extrema en la apreciación de esta condición”.[9]

Estos son los elementos tradicionales enumerados en la doctrina de la ‘guerra justa’. Se consideran estas condiciones de legitimidad moral fundamentales para el bien común.

Mas adelante, en el parágrafo 2266, el documento continua con referencias a la importancia de la autoridad legítima y la proporción :

“La preservación del bien común de la sociedad exige colocar al agresor en estado de no poder causar perjuicio. Por este motivo la enseñanza tradicional de la Iglesia ha reconocido el justo fundamento del derecho y deber de la legítima autoridad pública para aplicar penas proporcionadas a la gravedad del delito, sin excluir, en casos de extrema gravedad, el recurso a la pena de muerte. Por motivos análogos quienes poseen la autoridad tienen el derecho de rechazar por medio de las armas a los agresores de la sociedad que tienen a su cargo.” [10]

Según la Iglesia Católica, la teoría de la Guerra Justa ha sido manipulada para el mal uso de los políticos y algunos teólogos que encontraron en ella una forma de justificar el conflicto y brindarle un matiz de integridad moral. El Papa Juan Pablo II enfatizó que “la guerra no es y nunca será una forma apropiada para resolver problemas entre naciones. La guerra es el fracaso del verdadero humanismo.”[11] Estas palabras, recuerdan las de Erasmo de Rotterdam, durante la época del renacimiento y la reforma, que intentaron retornar a los principios pacifistas del Nuevo Testamento:

“ No hay nada mas perverso, mas desastroso, mas generalmente destructivo, mas difícil de extirpar, mas odioso…que la guerra. Es repugnante para la naturaleza,  …acaso alguien ha oído hablar de mil animales que se lancen unos contra otros para aniquilarse, como hacen los hombres en todas partes?”[12]

Sin embargo, en lugar de expresar un repudio absoluto a la guerra, la Iglesia se manifestó a favor de conciliar el problema con la “regulación” de la guerra, es decir, señalar las condiciones para que la guerra sea justa. La posición de rechazo absoluto a la guerra tanto de Erasmo como del Papa Juan Pablo II se sitúan fuera de la ortodoxia del pensamiento moderno.

“Guerra Justa” y sus primeros pasos por el camino del “Derecho”

Bajo el absolutismo de los siglos XVI, XVII y XVIII, periodo también denominado Antiguo Régimen por ciertos rasgos políticos, jurídicos y sociales en el que resaltaba la concentración de todo el poder en manos del rey, sin controles o limites de ningún tipo, el rey determinaba lo que debía entenderse por justicia. Durante este período, tanto los enfrentamientos entre príncipes como las guerras de religión sirvieron de inspiración para otros filósofos y pensadores que alejan la doctrina de postulados morales exclusivamente vinculados al cristianismo, para hacerla mucho más universal.

Dos trabajos en los que reposan los fundamentos de posteriores disertaciones sobre la Guerra justa es de “De bellis justis” de Stanislaw de Skarbimierz (1360–1431) y la “De Iure Belli” y “De Potestate Civili” de Francisco de Vitoria. Skarbimierz fue rector de la Academia de Krakovia en Polonia y autor de los sermones sapientales que justificaban la guerra del Reino de Polonia contra los Caballeros Teutones. Él formula en sus sermones la idea de Guerra justa en defensa de la paz y elogia a quien muere en una guerra justa puesto que es una forma gloriosa de morir.

Francisco de Vitoria (1483- 1546) en sus obras De Iure Belli y De Potestate Civili analiza los límites del uso de la fuerza para dirimir las disputas entre pueblos y admite la guerra justa no sólo defensiva sino también la punitiva contra un enemigo culpable. Para el, la guerra es justa cuando se responde proporcionadamente a una injuria. Por tanto, para Vitoria no es lícita la guerra simplemente por diferencias de religión o para aumentar el territorio. De hecho desarrolló la idea de que las relaciones entre comunidades políticas no pueden basarse en el uso de la fuerza, sino en unas normas morales externas. Este es uno de los antecedentes de lo que hoy se conoce como derecho internacional.

Su teoría se apoya en el derecho natural, el iusnaturalismo o derecho de todos los hombres. Las condiciones para que una guerra fuera justa serían la declaración por la persona con autoridad para ello (comúnmente el príncipe), la inevitabilidad del conflicto para salvaguardar la paz y la seguridad, y el uso mesurado del triunfo.

Para la misma época, tanto Nicolás Maquiavelo (1469-1527) como Thomas Hobbes (1588-1679) renovarían los argumentos de Tucidides en el Príncipe, el Arte de la Guerra y en el Leviatán, para destacar nuevamente que el ser humano es egoísta y malo por naturaleza, y que la violencia y la guerra, son consecuencias inevitables de tal naturaleza (“a necessity of nature”).  De esta manera, se entiende que todas las formas en que se manifiesta la violencia, entre ellas la guerra, pertenecen a una dimensión con leyes propias, distintas y separadas de las leyes de la vida moral. Las atrocidades de la guerra se explican en la necesidad de la naturaleza. Y esta ‘necesidad’ se entiende como inevitable e indispensable.

Mientras que Nicolás Maquiavelo consideraba al Estado como un conjunto moralmente autónomo (y que, por tanto, no podía ser juzgado según normas externas), en Vitoria nos encontramos que la actuación del Estado en el mundo tiene límites morales.

Igualmente en contra de la visión ius naturalista de Vitoria, es indispensable destacar la obra de Juan Gines de Sepulveda, filósofo e historiador español del siglo XVI que defendió y justificó el derecho de unos pueblos a someter a otros por su civilización superior o derecho del dominador sobre el dominado para evangelizarlo y elevarlo a su misma altura. Así, sostuvo la legitimidad de la Conquista de América en función de infundir a los indios una cultura superior y cristiana. [13]

La Guerra Justa como teoría de Derecho Internacional

Se dice que “las relaciones internacionales” comienzan formalmente a partir de la Paz de Westfalia de 1648, la cual puso fin a la Guerra de los Treinta Años. A partir de este momento, la percepción de la guerra como medio para hacer triunfar un dogma, una verdad o una religión sufre algunas modificaciones.

Con el surgimiento de un nuevo orden europeo fundamentado en los Estados-Nación, la guerra pasa a ser un medio imperfecto para solucionar controversias entre soberanos y exige normas que explícita y formalmente la regulen o contengan. A partir de aquí, las guerras privadas desaparecen, y se convierten en un acto de Estado, llevadas a cabo a través de los ejércitos oficiales. Varios serán los pensadores que contribuirán a hacer que en el siglo XVII el derecho internacional comience a tomar forma, a través de la aprobación de normas de alcance universal destinadas a regular la actuación de los Estados y contener la violencia de la guerra.

El objetivo inicial era construir una estructura normativa que fuera capaz de trascender las diferencias culturales y religiosas, un derecho positivo fundamentado en el derecho natural. Las guerras no se producen ya por honor, venganza o por el mantenimiento de títulos nobles, sino por salud pública.

A esa salud pública haría referencia Kant cuando señalaba que era esencial una forma de gobierno en la que el pueblo pudiese controlar las decisiones del soberano, hacer imposibles las guerras como hechos arbitrarios del príncipe.[14]

Dirá al respecto Jean Jacques Rousseau (1712-1778)

“La guerra no es una relación de hombre a hombre, sino una relación de Estado a Estado, en la cual los particulares solo son enemigos incidentalmente, no como hombres, ni aun siquiera como ciudadanos, sino como soldados, no como miembros de la patria, sino como sus defensores… Siendo el fin de la guerra la destrucción del Estado enemigo, se tiene derecho a dar muerte a los defensores en tanto tienen las armas en la mano, mas en cuanto entregan las armas y se rinden, dejan de ser enemigos o instrumentos del enemigo y vuelven a ser simplemente hombres, y ya no se tiene derecho sobre su vida…” [15]

Durante el renacimiento, son Hugo Groscio (1583-1645) y luego Emmerich de Vattel (1714-1767) los que influyeron profundamente en la teoría de la guerra justa y su posterior formulación como derecho internacional codificado en un cuerpo coherente de leyes y normas. Groscio se adhirió a la doctrina escolástica de la guerra justa, pero propuso leyes para gobernar la guerra y moderar su dureza, sobre la base de que “si no se puede hacer nada respecto a los fines, solo podemos tratar de hacer que los medios sean mas morales….” De la guerra justa debía excluirse, por ejemplo, la muerte de los rehenes, la ejecución de prisioneros – salvo que estuviera en peligro la vida del vencedor – la destrucción de bienes materiales de los vencidos y la aniquilación de la libertad de los derrotados especialmente en el terreno religioso.

Publicó en el año 1625 su obra De jure nelli ac pacis libri tres (Del Derecho de Guerra y Paz, Tres Libros) dedicado a Luis XIII, en donde presenta un sistema de principios de derecho natural que son comunes a todas las personas y naciones, independientemente de su cultura local. Allí señala que existen ciertas circunstancias que justifican la guerra, e identifica tres causas justas para la guerra: auto-defensa, reparación de un daño y castigo.

Sin embargo, es Emmerich de Vattel quien tiene el mérito de haber cuestionado, por primera vez, las consecuencias de la teoría de guerra justa:
“La guerra no puede ser justa por ambas partes. Una se atribuye un derecho, la otra lo cuestiona; una denuncia una injuria, la otra la niega. Son dos personas que se disputan por la verdad de una proposición. Es imposible que dos sentimientos contrarios sean verdaderos al mismo tiempo. Sin embargo, puede suceder que ambos contendientes obren de buena fe. Y en una causa dudosa, no se puede determinar con seguridad de qué lado se encuentra el derecho. Luego, como las naciones son iguales e independientes, y unas no pueden erigirse en jueces de otras, en toda causa sujeta a duda, las armas de ambas partes beligerantes deben considerarse legítimas, al menos en lo que concierne a los efectos externos y hasta que se decida sobre la causa.”

Vattel no rechaza la doctrina de la guerra justa, pero la relativiza puesto que admite que la guerra no puede ser justa para ambas partes y es difícil o imposible determinar cuál de las partes defiende verdaderamente una causa justa. Igualmente, observa que ambos pueden estar de buena fe persuadidos de que defienden una causa justa, y por ello ambas partes pueden tener el mismo derecho a recurrir a las armas.

Las normas de derecho internacional público se basan en ese margen de indeterminación y de tolerancia, que han hecho de las leyes de la guerra tan elásticas como maleables. Esas normas fueron codificándose progresivamente, en particular en los Convenios de Ginebra de 1864, 1906, 1929 y 1949, así como en la Declaración de San Petersburgo y en los Convenios de La Haya de 1899 y 1907.

Reflexiones generales sobre la “Guerra Justa” y el Derecho

La relación entre guerra justa y derecho, en el derecho privado o interno, es clara: existe un poder investido de autoridad para aplicar el derecho, y ese poder dispone de la fuerza suficiente para hacer efectivo el derecho. Ese poder define, en el marco de sus propias normas, cuándo el uso de la fuerza, es justo.

En las relaciones entre sujetos de derecho internacional, la relación entre guerra justa y derecho no es transparente. Sin duda existen leyes, emanadas de tratados y organizaciones internacionales de las que los Estados forman parte, pero faltan la autoridad judicial y el poder con la fuerza suficiente para hacer cumplir tales leyes. Al faltar estos poderes, las normas no se cumplen sino en la medida en que voluntariamente los Estados quieren hacerlo.

La historia demuestra que no ha habido éxito en los esfuerzos para dirimir conflictos. Las diferencias entre Estados no se rigen por principios de justicia, sino en la fuerza del poderoso. En las relaciones internacionales, la fuerza domina el derecho, prevalece sobre el derecho.[16]

Para profundizar un poco en estas ideas en un plano un poco más práctico, resulta valioso apoyarse en la interpretación de guerra y derecho realizada por Bobbio. El señala que existen cuatro tipos de relación entre guerra y derecho:

1.     La guerra como medio para establecer el derecho,

2.     La guerra como objeto de reglamentación jurídica,

3.     La guerra como fuente del derecho y

4.     La guerra como antitesis del derecho.

El tratamiento jurídico de la guerra se ha ocupado fundamentalmente de dos problemas:  el de la causa justa de las guerras y el de la regulación de la conducta en la guerra. El primer problema, es el que nos interesa, el de la justificación de la guerra, cuales son los motivos que hacen justa una guerra, o cual es el titulo sobre cuya base se puede considerar justa una guerra. El otro problema es el de ius in bellum que consiste en el estudio de las reglas que disciplinan la conducta en la guerra y que permiten distinguir entre lo que es lícito y aquello ilícito.

Para Bobbio, el primer problema hace referencia a la legitimidad de la guerra,  y el segundo, a la legalidad de la guerra.  “La legitimidad es el resultado de un proceso de justificación, y las dos formas mas comunes de justificar una acción consisten en reconducirla a su fundamento o en adecuarla a un fin, es decir, en considerarla o como la consecuencia necesaria de un principio dado como indiscutible, o bien como el medio mas adecuado para conseguir un fin especialmente deseable”. La teoría de la guerra justa descansa en la segunda forma. Y un fin especialmente deseable, es el restablecimiento del derecho.  Es una relación entre medio y fin, donde la guerra es el medio y el derecho el fin.[17]

La guerra se convierte en fuente de derecho cuando en lugar de tener como fin el restablecimiento del derecho existente, un derecho precedente que ha sido violado, tiene por objetivo la creación de un nuevo orden internacional. Se trata de instaurar  un orden nuevo. Se la relaciona a este tipo de guerra con la revolución (es decir, una fuerza puesta al servicio de la creación de un nuevo orden) que se legitima por el recurso al derecho natural, es decir, a un derecho superior al derecho positivo, que justifica la subversión del derecho positivo.

Para entender a la guerra como antítesis del derecho, no sólo nos sirve Bobbio, sino también Clausewitz y Hobbes. Según Clausewitz, una vez que se inicia la guerra, no existe límite, no hay control jurídico, se derrumba el mundo del derecho; y según Hobbes, el estado de naturaleza es un estado de Guerra perpetua precisamente porque es un estado pre-jurídico y antijurídico, un estado donde no existe la ley positiva y la ley natural es impotente, mientras que el estado civil es aquel en el que a través del monopolio de la fuerza, se instituye el reino de la paz.

La Guerra Justa y la Guerra Total

Como hemos visto la doctrina de guerra justa ha ido evolucionando. Tuvo momentos de apogeo teórico en los que importantes y destacados pensadores contribuyeron con sus estudios y obras maestras a la comprensión de la naturaleza de la guerra para relacionarla primero con la naturalidad de la superioridad cultural, luego con condiciones morales cristianas y mas adelante con normas que aspiraban a ser universales.

En el siglo XIX, tanto en Europa como en América, guerras de gran trascendencia intervinieron nuevamente en la concepción de “guerra justa”. En Europa, las guerras napoleónicas (1816-1830) y en América, las guerras para la conquista del Oeste, y el fenómeno del Imperialismo. Dos factores que hay que tener presentes en esta etapa son la sofisticación de las armas, y la inclusión por primera vez, en números importantes, de la muerte de civiles. Estos factores trajeron como consecuencia una nueva racionalización de la guerra, en la que parece observarse un retroceso hacia la interpretación que prevalecía en la antigüedad pero adornada con bisutería moderna. Aquí vuelve a  despuntar la idea de que la guerra es inevitable, acompañada por la consideración de que es un medio eficaz para la consecución de fines políticos.

Karl von Clausewitz percibió claramente las implicaciones revolucionarias de Napoleón y reaccionó en contra, si bien no se identificó plenamente con el ancien regime, luchó contra Napoleón debido al carácter ilimitado de los objetivos políticos de Francia. Esas guerras inspiraron sin duda a Clausewitz, para escribir:

la guerra no debe ser nunca un propósito en si misma, sino que debe responder a objetivos políticos o económicos… se debe imponer la voluntad al enemigo, usar como medio la máxima fuerza disponible, privar al enemigo de su poder”.[18]

Menciona la angustia por la brutalidad como un elemento inhibidor del uso de los medios, indicando que el principio de moderación aplicado a la guerra conduce a un absurdo lógico.  Durante los siglos XIX y XX el realismo de la guerra se apoyó en la idea de que la misma constituye un instrumento político, al servicio de un Estado u otra organización con fines políticos, tal cual como indicó Clausewitz: “la guerra es la continuación de la política por otros medios”.

Para Clausewitz el fin de la guerra era “desarmar al enemigo”, no exterminarlo; de aquí nació el concepto de desarme mutuo, que imposibilita toda guerra y da paso a la política. La guerra sería pues un “acto político”. Pero quienes critican a Clausewitz señalan que la guerra no es la continuación de la política sino el verdadero acto que “crea” política, la guerra define quien tiene el poder para imponer política (decisiones respecto a todo). La guerra es profundamente antropológica, permite definir qué grupo de personas gobierna en un determinado territorio. En palabras de Clausewitz, “constituye un acto de fuerza que se lleva a cabo para obligar al adversario a acatar nuestra voluntad”.

Las ideas de Clausewitz se enmarcan en el juicio de la esfera política según el cual, el fin justifica los medios, pero los objetivos de guerra deben ser limitados, de lo contrario tiende a acercarse a su forma absoluta y cesa de ser un instrumento político racional. Ello significa que acciones políticas como la guerra y la paz no son valores finales sino instrumentales.  La guerra debe realizarse sólo por dos razones: defensa del orden establecido, y dirimir disputas dentro de ese orden.

Al otro lado del Atlántico, es interesante resaltar, el famoso ensayo de  Frederick Jackson Turner (1861-1932) que leyó en 1893 ante la Asociación de Historia Americana una comunicación titulada “The Significance of the Frontier in American History”. Allí señaló que la experiencia de la frontera, es decir, la civilización alcanzando los espacios ocupados por la barbarie, tuvo un efecto de consolidación y nacionalización de EEUU. La guerra fue justa porque extendió la civilización y promovió la democracia. El enunciado de la Doctrina Monroe (1823), así como la idea del Destino Manifiesto (1845) apoyaban la idea de “justicia” en la expansión por el continente, era inevitable el avance de la frontera como luego también fue inevitable el control de las rutas marítimas a través de bases apostadas mucho mas allá de esa frontera descrita por Turner, las cuales vendrían a ser las guerras justas en el siglo XX.

Durante el siglo XX la doctrina de la guerra justa trascendió ampliamente el terreno del discurso teológico cristiano para penetrar en textos jurídicos nacionales e internacionales.

Según Hannah Arendt, desde la antigüedad argumentos como la conquista, la expansión, la defensa de intereses creados, la conservación del poder ante la aparición de nuevas y amenazadoras potencias o el mantenimiento de un equilibrio de poderes dado…etc, fueron no sólo las causas reales que desencadenaron la mayor parte de las guerras que ha conocido la historia, sino que fueron consideradas, “necesidades”, es decir como motivos legítimos para acudir a una decisión por las armas.[19]

La idea de que la agresión constituye un crimen y que solo se justifica la guerra cuando hace frente a la agresión o la evita, adquiere un significado especial después de las dos Guerras Mundiales, fundamentalmente debido a la letalidad nunca antes vista de las nuevas armas, así como el desprecio absoluto a las normas de DIP vigentes para la época, lo que ocasionó la muerte de un numero muy alto de civiles, intolerable para la comunidad internacional. De esa terrible experiencia, surgió la necesidad de nuevas normas y códigos capaces de limitar contundentemente a la guerra.  La Sociedad de las Naciones y luego la ONU, el Derecho Internacional Humanitario, la Cruz Roja, y muchas otras instituciones surgieron del interés en disminuir el sufrimiento humano a través de la “humanización de la guerra”.

Esto sin duda influyó en la doctrina de guerra justa, no transformándola, pero adaptándola a su nueva realidad. La guerra se seguiría produciendo, de manera cada vez más terrible y escalofriante, pero como se la considera inevitable, se la arropa a través del Derecho Internacional Público (DIP) de un manto de legitimidad y de justicia.

Sin embargo, en el siglo XX la brecha entre el derecho y la práctica de la guerra se amplia de una manera descomunal:

Por un lado, proliferan las normas que expanden el Derecho Internacional Público e intentan humanizar la guerra. En los tratados y pactos derivados de la experiencia en las dos Grandes Guerras, los Estados condenaron “el recurso a la guerra para solucionar diferendos” y renunciaron a él “como instrumento de política nacional“. La Carta de las Naciones Unidas prohíbe todo recurso a la fuerza en las relaciones internacionales, con excepción de la acción coercitiva colectiva prevista en el Capítulo VII y del derecho de legítima defensa individual o colectiva reservado por el artículo 51.

Por otro lado, las guerras totales anulan el derecho, todo es permisible, o al menos, posible de realización. Vuelve a prevalecer la idea del interés nacional, y la fuerza esta a su servicio. El interés nacional, los fines últimos del Estado, justifican la guerra.

No sorprende entonces que la teoría de guerra justa, entrara en un período oscuro, de relativa crisis, de la cual saldría sin problema.  Pese a que en el DIP, la guerra, en cuanto expresión de la voluntad de un Estado soberano, es un procedimiento ilícito[20], no ha dejado de ocurrir, y ahora con mas crueldad que antes.

Ni la ONU, ni el DIP han construido un poder coercitivo superior que implique el monopolio de la fuerza para que las reglas del DIP sean respetadas y acatadas para la solución pacífica de las controversias. Es por ello que las normas del DIP son menos eficaces que las normas referentes a los contratos en el derecho civil.

Hannah Arendt, señala esta misma idea con estas palabras:

“La principal razón porque la guerra aún está con nosotros no radica en un secreto deseo de muerte de la especie humana, ni en un irreprimible instinto de agresión, ni en los serios peligros sociales y económicos inherentes al desarme, sino en el simple hecho de que aún no ha emergido en la escena política un árbitro final de los asuntos humanos. ¿Acaso no tenía razón Hobbes al decir que ‘los tratados sin la espada no son sino palabras’? Ni es probable que aparezca un substituto [a la guerra] mientras la independencia nacional, entendida como la ausencia de dominación extranjera, no se desvincule de la soberanía del Estado, es decir, de la pretensión de una autonomía absoluta en los asuntos exteriores.” [21]

Qué puede justificar la guerra o hacer a una guerra justa en el presente, si de manera tan clara y explicita esta prohibida?

El debate sobre Guerra Justa en el presente

Para el debate sobre la guerra justa en el presente, quiero presentar las ideas de Carl Schimtt, Michael Walzer y Barack Obama con el objeto de estimular la reflexión.

Michael Walzer ha hecho una importante contribución para responder la inquietud expuesta más arriba: qué justifica la guerra en el presente si esta prohibida?

Para Walzer la teoría de guerra justa es una guía necesaria en el proceso de toma de decisiones sobre intervenciones humanitarias. Señala que la principal amenaza para la seguridad y el bienestar de los hombres proviene de sus propios Estados y por eso considera que cualquier Estado tiene el derecho de intervenir en otro de manera unilateral cuando se producen “crímenes terribles que conmueven la moral y la conciencia de la humanidad”. Según el, han habido mas intervenciones unilaterales justificadas que injustificadas.

Admite sin embargo, que como no existe nada “puro” en política, estas intervenciones no se producen con ausencia de motivos ulteriores, más allá de lo que parece justificable desde el punto de vista moral para la humanidad. Los agentes que realizan la intervención, probablemente proclaman principios y valores “superiores”, pueden hablar de una “causa justa” o de una “intención correcta”, pero por lo general, especialmente si se trata de grandes potencias, el racional es entendido como expansión imperialista, o la satisfacción de los intereses de grupos económicos poderosos. Por eso, aclara:

“como las intervenciones involucran la violación a la soberanía, es importante que agentes no estatales, es decir organizaciones supranacionales tengan la autoridad para realizar intervenciones legítimas.  El uso de la fuerza por organizaciones como las NNUU puede parecer tener mayor legitimidad en un tiempo y lugar específico, que si procediera de un solo Estado, pero tampoco resuelve el problema de justicia. La decisión de intervenir, sea local o global, individual o colectiva, siempre es una decisión política, sus motivos son mixtos. Ahora bien, la intervención de las NNUU comporta un consenso mucho mas amplio y en consecuencia menos impuro, que la decisión de un solo Estado”.

Por otro lado, en un plano más general, Walzer dice que “la guerra es una creación social, sus agentes son humanos al igual que sus víctimas, y por ello, su definición, características y límites dependerán de lo que la gente decida, desde el punto de vista antropológico, histórico y cultural. En la guerra no hay moral ni ley. En la guerra, la naturaleza humana se desata, prevalecen los instintos de preservación, de interés personal, de necesidad, es una violencia que escapa a juicios morales: “lo que llamamos inhumano es humano bajo presión. La guerra arranca adornos de civilización y nos revela desnudos”. [22]

En conclusión, según Walzer, los fines de la guerra, si son legítimos (causa justa y auto-defensa), si es correcto aspirar a ellos, definen los limites de la guerra justa. Otras consideraciones morales sobre la guerra son inútiles. El análisis de Walzer se presenta moderado sobre todo por el velo de “humanidad” y la justicia en los fines detrás del argumento de las intervenciones militares.

Pero Walzer defiende las intervenciones humanitarias, en un plano académico. Veamos una defensa similar, pero en un plano más realista. Cuando el ex Presidente George Bush declara la guerra contra el terrorismo, y decide intervenir en Afganistán en el 2001 y en Irak en el 2003, señala que son valores superiores como la defensa de la paz y la seguridad internacional las que inducen y obligan a los Estados Unidos a intervenir.

Así mismo, el Presidente Barack Obama, durante su discurso de recibimiento del premio Nobel de la Paz, el 10 de diciembre del 2009 señaló “habrá momentos en los que nuestras naciones -actuando por separado o en concierto- encontrarán el uso de la fuerza, no sólo necesario, sino moralmente justificado”.

El discurso sigue así:

“No nos engañemos, un movimiento no violento no hubiera podido frenar al Ejército de Hitler. Ninguna negociación puede convencer a los líderes de Al Qaeda para que entreguen sus armas”. “La fuerza a veces es necesaria… no es una llamada al cinismo, sino admitir la historia y las imperfecciones del hombre y los límites de la razón”. “Cualquier error que hayamos cometido, el hecho evidente es este: Estados Unidos de América ha ayudado a asegurar la seguridad global por más de seis décadas con la sangre de nuestros ciudadanos y la fortaleza de nuestras fuerzas armadas… Entonces sí, los instrumentos de la guerra tienen un rol a jugar en la preservación de la paz. Y aún, esta verdad debe coexistir con otra, que sin importar cuán justificada, la guerra promete tragedia humana. Pero la guerra en sí misma nunca es gloriosa y nunca debemos presumir de ella como tal.

Creo que todas las naciones -tanto fuertes como débiles- deben adherirse a los estándares que gobiernan el uso de la fuerza. …Más aún, Estados Unidos no puede insistir en que otros sigan las reglas del camino si nosotros mismos nos negamos a seguirlas. Para cuando no lo hacemos, nuestra acción puede parecer arbitraria y minar la legitimidad de futuras intervenciones sin importar cuán justificada sean.

….Creo que la fuerza puede ser justificada por razones humanitarias, como ocurrió en los Balcanes o en otros lugares que han sido marcados por la guerra. La inacción destroza nuestra conciencia y puede llevar a una intervención posterior más costosa. Es por eso que todas las naciones responsables deben abrazar el rol de que ejércitos con un claro mandato pueden mantener la paz”.

Tanto las ideas expresadas por Walzer en sus libros, como las de Obama en sus discursos y decisiones, iluminan el debate contemporáneo sobre Guerra Justa. Notamos cómo se combinan varios aspectos que hemos desarrollado a lo largo del ensayo, para producir la teoría moderna de Guerra Justa.

Una característica esencial de la política, sobre todo en tiempos modernos, se hace evidente en la nueva teoría: la mentira. Las guerras de hoy no se inician, ni se desarrollan ni se acaban con la sincera presentación de los intereses que las motivan, o en la visión de algunos, la justifican. Nos auto-engañamos. Bajo la tranquilidad y bienestar que producen valores intangibles como la libertad, la paz y la seguridad, se llevan a cabo guerras sangrientas. Veamos lo que sostiene Carlos Escude a propósito de las ideas de Huntington sobre el choque de civilizaciones y las guerras del presente:

“Una cultura que reconoce un conjunto universal de derechos humanos es superior a una que los niega, aunque frecuentemente se desvíe de su cumplimiento. Una cultura capaz de penetrar en la naturaleza elevando la esperanza de vida, es superior a una que no cultiva esa ciencia. Finalmente, librar guerras para defender una cultura superior es un imperativo categórico”.  [23]

De nuevo la idea de superioridad cultural que prevaleció en la antigüedad, aparece en tiempos modernos, pero ahora disfrazada. Uno de los pensadores modernos que desnuda la verdad de la manera más cruda posible, es el realista fundamentalista, Carl Schmitt, quien sostiene que la política exterior es un “estado de naturaleza”, y la guerra forma parte de ella. Para Schmitt, como para Clausewitz doscientos años antes –que casual que ambos sean alemanes- con declarar la abolición de la guerra, no desaparecerán las diferencias, los conflictos entre comunidades políticas. Schmitt ilustra estas diferencias dentro de la dicotomía y distinción amigo-enemigo.

Citando a Schmitt:

“Lo político no desaparecerá de este mundo debido a que un pueblo ya no tiene la fortaleza o la voluntad de mantenerse dentro del ámbito político. Lo que desaparecerá será tan sólo un pueblo débil… tanto el belicismo como el pacifismo absolutos niegan la existencia de un enemigo verdadero, y por tanto de un enemigo humano.”

Conviene no engañarse: bajo la bendición de la comunidad o la legalidad internacional, la guerra será en el siglo XXI tan real como en el XIX. Pero adquirirá nuevas características… Hoy la guerra no sólo no ha desaparecido, sino que se ha vuelto total en nombre de la paz, la justicia y la civilización. Conocemos incluso la ley secreta de ese vocabulario, y sabemos que hoy en día la guerra más aterradora sólo se realiza en nombre de la paz, la opresión más terrible sólo en nombre de la libertad, y la inhumanidad más atroz sólo en nombre de la humanidad”.

Las guerras de hoy no hacen más que dar la razón a Schmitt: en nombre de la libertad o de la comunidad internacional, se señala a un enemigo que esta situado fuera de la misma humanidad. Es inhumano, inmoral, criminal. Ante él no hay estrategia no permitida ni castigo no justificado. Esta es la guerra justa del presente, que a veces, adopta el nombre de guerra contra el terrorismo.

Entonces, al final… la teoría de guerra justa es lo opuesto a la práctica de guerra justa, porque la teoría es siempre un argumento, nunca una invasión.
“Es cierto que, al menos en historia, los valores, de la nación o de la humanidad, no sobreviven sin que se haya combatido por ellos, pero el combate (y la fuerza) no son suficientes para justificarlos. También se necesita que el combate mismo esté justificado, y guiado, por esos valores. Las palabras adquieren su sentido vivo cuando se combate por su verdad y se vela por no matarla con las armas mismas con las que se la defiende.”

Crónicas argelinas de Albert Camus

Fuentes

ARENDT, Hannah:  Sobre la Revolución (2006), Alianza Editorial, Madrid.

BOBBIO, Norberto: Teoría General de la Política. (2005). Editorial Trotta.

BURKE, Anthony: Just war or ethical peace? Moral discourses of strategic violence after 9/11, International Affaires 80, 2 (2004), pp. 329-353

CLAUSEWITZ, Karl: “De la Guerra”, (2003), Distal SRL, Buenos Aires.

ESCUDE, Carlos: La Guerra justa y el fin de la historieta (un manifiesto neomoderno). Serie de documentos de trabajo No. 295, Julio 2005. En www.cema.edu.ar/publicaciones

GROTIUS, Hugo: On the Law of War and Peace. Batoche Books, Kitchener 2001. Canada

DOCUMENTOS PAPALES: http://asv.vatican.va/es/dipl/docconciliari.htm y http://www.vatican.va/archive/ESL0022/_INDEX.HTM

Manual de Derecho de Guerra de la Cruz Roja: http://esge.ejercito.mil.ve/manuales/Manuales/Manuales/Derecho%20de%20la%20Guerra.pdf (acceso el 02/12/2009)

RENGGER, Nicholas: On the War Just Tradition in the XXI Century, International Affaires 78, 2 (2002) pp. 353-363

RIGSTAD, Mark, Jus Ad Bellum After 9/11:  A State of the Art Report, The IPT Beacon: Issue 3, (June 2007), Oakland University: http://international-political-theory.net/3/rigstad.pdf

RODRIGUEZ ITURBE, José: Historia de las Ideas y del Pensamiento Político I. (2007). Grupo Editorial Ibañez. Bogota.

ROUSSEAU, Jean Jacques: El Contrato Social. Espasa-Calpe, S.A., 1981, Madrid.

RUNCIMAN, Steven: A History of the Crusades I: The first Crusade and the foundation of the Kingdom of Jerusalem. Cambridge University Press, 1951.

SAENZ, MARIO: Filosofía del Derecho. (1927) Pedro Aquino & Cia Editores. Buenos Aires, Argentina

WALZER, Michael: Guerras Justas e Injustas. Un razonamiento moral con ejemplos históricos.  (2001), España

ZINN, Howard: Sobre la Guerra (2007). Debate. Venezuela.


[1] SAENZ, MARIO: Filosofía del Derecho. (1927) Pedro Aquino & Cia Editores. Buenos Aires, Argentina. Pág. 47

[2] Vale la pena señalar aquí una expresión de Kant: “el derecho es el conjunto de condiciones en virtud de las cuales el arbitrio de cada uno puede coexistir con el arbitrio de los demás, conforme a una ley universal de libertad”. Citado por Saenz, op cit, Pág. 54

[3] La Biblia: (1972) España. Ediciones Paulinas. Lucas 6, 27

[4] La Biblia: (1972) España. Ediciones Paulinas. Mateo 5, 38.

[5] RODRIGUEZ ITURBE, Jose: Historia de las Ideas y del Pensamiento Politico I. Pág. 246

[6] RUNCIMAN, Steven: A History of the Crusades I: The first Crusade and the foundation of the Kingdom of Jerusalem. Cambridge University Press, 1951. Págs. xiv y 377.

[7] AQUINO, Tomas, Summa Theologica 2-2, 64, 7.

[8] Catecismo de la Iglesia Católica, Segunda Sección, Los Diez Mandamientos, Capítulo Segundo, Artículo 5,   http://www.vatican.va/archive/ESL0022/_INDEX.HTM

[9] Ibid

[10] Ibid

[11] (L’Osservatore Romano, Jan. 21, 1991).

[12] ZINN, Howard: Sobre la Guerra (2007). Debate. Venezuela. Pág. 273

[13] GINES DE SEPULVEDA, Juan: de las Justas causas de la Guerra contra los indios.

[14] “La democracia degenera en demagogia si se parte del supuesto según el cual lo justo en una democracia es lo que la mayoría decide como tal”. En  HAYEK, Friederich: Los Fundamentos de la Libertad. Unión Editorial. 2006. Madrid. Pág. 147

[15] ROUSSEAU, Jean Jacques: El Contrato Social. Espasa-Calpe, S.A., 1981, Madrid.

[16] SAENZ, MARIO: Filosofía del Derecho. (1927) Pedro Aquino & Cia Editores. Buenos Aires, Argentina. Pág. 78

[17] BOBBIO, Pág. 601-604

[18] CLAUSEWITZ, Karl: “De la Guerra”, (2003), Distal SRL, Buenos Aires.

[19] ARENDT, Hannah:  Sobre la Revolución (2006), Alianza Editorial, Madrid, Pág. 14

[20] BOBBIO, p. 603

[21] ARENDT, Hannah: Sobre la Violencia, Ciencia Politica, Alianza Editorial (2006). Madrid.

[22] WALZER, Michael: Just and Unjust wars, (1977), New York, Pág. 4

[23] ESCUDE, Carlos: La Guerra justa y el fin de la historieta (un manifiesto neomoderno). Serie de documentos de trabajo No. 295, Julio 2005. En www.cema.edu.ar/publicaciones

1 Respuesta to Guerra Justa

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johnny

January 10th, 2011 en 02:51

cool

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